lunes, 12 de mayo de 2014

Olores y colores




La vida es una larga canción. Jethro Tull. Principiaban los setenta. La vida es una rueca con una hilatura que termina en un descosido. Guardamos imágenes sin reparar en ello. Dormitan en recuerdos con frecuencia olvidados. Hasta que se abre la ventana. Y entra la luz. Y los colores visten las sombras y las sombras acaban poniéndose de  perfil. Y recuperamos, incluso, los olores de otro tiempo. Los sonidos. Recuperamos la memoria que aventurábamos perdida.



Se abrió la ventana y llegó la luz al interior, oscuro durante décadas. Aireando la estancia donde transitaban las sombras, apenas siluetas con aspecto de recuerdos. Olvidados. Al instante, cobraron vida. Eran los contornos imprecisos de un pasado, desdibujado siempre en la memoria de quien ya no es. Y con los relieves de luz se avinieron los olores de una niñez crecida, a veces, junto al azahar de los naranjos en flor y a patios encalados, salpicados de macetas, colores pletóricos de luz y aromas, por mayo, que era por mayo la niñez. Los perfiles fueron acomodándose a una nueva realidad, hasta recordar lo que fueran costumbres. Y los personajes no tardaron en salir de las tinieblas. Aparecieron cajas de cartón pálido, rebosantes de cosas inútiles que otrora los tiempos marcaran la vida. Decenas de cartas atadas con pulcritud, calladas durante lustros y escritas cuando los silencios existían. Un mechero de gasolina con sus algodón seco. Siete bolígrafos sin tinta. Algunas gomas de borrar, usadas y ennegrecidas las más por el carboncillo ido. Un cuaderno de retratos tan sólo esbozados en sus trazos más elementales. Cuatro ilusiones en una caja pequeña de latón, con su tapadera oxidada y dibujos quizá de postguerra. Una bolsita de tela con sus olores dentro. Un disco con una canción que nunca se oyó. Y algunas fotografías de perfiles troquelados, con su margen blanco y su gama de grises. Algunas hojas de eucalipto. Secas. Un trozo de madera con forma de carabela y tres piedrecitas redondas con las que jugar a las tres en raya. Estampas usadas en los juegos de calle, con sus desdibujados asuntos y sus colores perdidos. Un papel reducido en ocho dobleces, con un te quiero dentro. Una bolsa repleta de chapas de refrescos, inexistentes hoy. Un billete de tren con una fecha de mil novecientos setenta. El aire desatado tras cuarenta años y una brizna del niño que alguna vez existió, en el mismo sobre donde apareciera un manojo de conversaciones infantiles y un fragmento de algún llanto nacido en la soledad distante.

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